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Written by René Rodríguez Soriano   
Wednesday, 09 April 2008
Del otro lado no hay orilla

Gabriel García Márquez

ImageSe escribe con un pez ciego entre los dedos, con un pulpo haciendo cientos de señales de la cruz. Todos los carros van alguna vez camino del infierno, todos los gallos desafinan la sombra con el pincel de su canto. Me gusta la flauta dulce, de caña, la flauta india que tuerce sin romper el viento contorneando su cintura entre los hilos del aire. Me gustan las tubas, los cornos franceses, las maracas. Me gustan los tomates bien maduros, y levantarme en las mañanas grises y mirar que sale o no sale el sol.
Me gustaba, atravesada entre mi sueño y mi frazada, la guitarra de Homerito despertando a mis hermanas que, de niño, me levantaban bien temprano y con rocío para la misa de domingo. Más que los sermones y las homilías, me tranquilizaba convincente un buen helado de ciruelas o de fresa. Aunque los como, no soy muy amigo de los melones cantaloupes. Soy débil por las mandarinas, sus gajos como labios finos, deseantes, deseados. Me gustan los limones, las limas. Soy loco con las guamas, los caimitos manchosos, las ginas, los pomos, las granadas –o grosellas que amargan cuando muerdo la telita que separa semilla de semilla–. Me gustan las canciones y los barcos; los buses y las fresas y besar ojos abiertos, desnudos, sin sombrero.

Después llegaron las preguntas: a la noche, a una mariposa sabatina que me entretuvo en Brescia; a un caballito del diablo; a un pirilampo, que volaba o encendía las horas del amanecer; a un cometa; a un niño mudo; a una mujer despeinada, buscando el metro a todo tren por Time Square o Altamira. En Tel Aviv, sin crucifijo, a un juglar y en el viejo San Juan, andando a pie, a una muchacha de amarillo canario con casi los ojos de Anaísa... a las flores, a las estrellas y al violín de Becho, también los acosé sobre el verde de los olivos, el mosto de las uvas y mi aversión por el arroz con garbanzos y las lentejas sin sal. Amo las sopas de los días de lluvia.

Apenas hace un rato se me antojó caminar a orillas del lago, vi una luz pequeña bañarse aguas adentro en lo más profundo. El más grande de los patos les secreteaba travesuras a las patas, un patito amarillo, pequeñito y con plumas que se confundían o aparentaban la pelambre de un gato feo, nadada y no nadaba en la orilla. El mariachi sacaba niños de su auto como un mago saca conejos del sombrero. Casi todos duermen y en el fondo del lago otras luces, casi imperceptibles sobreviven o se ahogan. Papá me dijo alguna vez que las mujeres y las patas son al agua y a la luz como la noche al manto, o a la inversa.

Yo no escribo, yo pinto. Trato de describir o desdecir lo que no puedo apuntalar con mi decir en este espacio que desborda el vacío. Yo no cuento, yo no canto; toco, pulso una lira sucia de escayolado pensar. Doto alas a las plumas de mi lengua y voy por los caminos del espanto perdido en los sinónimos del diccionario. No pregunto, cuestiono, no exijo, no reclamo, no grito, no imploro ni rezo ni deliro, nado como Adán cuando nada como ave ante la indiferencia de su Eva. Yo no pulo, yo no limpio, yo no lavo, yo no arrugo, yo no plancho ni almidono, ni zurzo ni cuestiono ni espero respuestas. No tengo prisa, no espero nada. Lo tengo todo.

[Al Gabo, desmesuradamente]

http://www.rodriguesoriano.net
 
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